domingo, 20 de septiembre de 2015

¿Qué  decir?

El síndrome de la página en blanco no es un invento. Ocurre. Y molesta insidioso cuando creyendo que  algo tenemos que decir, se produce una especie de burbuja que se infla imparable y, con su expansión, nos relega al silencio, nos expulsa hacia los márgenes, en este caso de la pantalla de la computadora. El síndrome no es siempre momentáneo, puede durar tanto tiempo que lleguemos a no escribir jamás. 

Pero hoy, en Grecia, volvió a ganar Alexis Tsipras, el mismo de la sonrisa ancha y luminosa y del discurso vindicador de la dignidad griega frente a una troika genéticamente descreída de cualquier otra cosa que no sea la sacrosanta voracidad del capital, y a mi me han dado ganas de pergeñar estas líneas. Los despachos que "analizan" el triunfo de Syriza, dicen que fue más que nada el triunfo de Stipras, el líder que en julio pasado protagonizó un momento crucial no solo para su país y la comunidad europea, sino para esto que en occidente llamamos democracia. Ahora, y por mandato de los electores griegos, le tocará encabezar el tercer rescate de una economía que dañó la corrupción interna en connivencia con los grandes capitales locales y europeos bajo la mirada benevolente y cómplice de la troika.

En términos reales, y como lo destaca más de un analista, el nuevo gobierno de Tsipras tendrá las manos atadas, tan duras son las condicionalidades de los rescates acordados. Pero como dijera el sociólogo Ilias Yoyardis, citado por el periódico El País, el nuevo triunfo de Tsipras y Syriza puede interpretarse como la expresión del deseo de los griegos de que el rescate que los acogota sea aplicado por un político de izquierda a que lo sea por la derecha. Y eso, se mire como se mire, hace aletear la esperanza.


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